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La muerte de Gerardo Fernández Albor cierra todo un siglo de historia

Fundó el primer policlínico gallego, puso en funcionamiento la Xunta y contribuyó como eurodiputado a la reunificación alemana //Impulsó asociaciones médicas y culturales

Gerardo Fernández Albor pronunciael discurso de su segunda toma de posesión como presidente
de la Xunta en Bonaval en marzo de 1986 - FOTO: MANOLO BLANCO
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Gerardo Fernández Albor pronunciael discurso de su segunda toma de posesión como presidente de la Xunta en Bonaval en marzo de 1986 - FOTO: MANOLO BLANCO

13.07.2018 
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Gerardo Fernández Albor, fallecido ayer en Biduido camino de los 101 años (los cumpliría el 7 de septiembre), ocupa un puesto de honor en la historia por una trayectoria tan larga como fructífera en los ámbitos médico, político y cultural. Lo lloran Santiago, Galicia, España y Europa. Haber fundado el Policlínico La Rosaleda, haber sido promotor y miembro fundador de patronatos como los de Rosalía de Castro, Otero Pedrayo o el Museo do Pobo Galego, primer presidente autonómico, primer presidente del Partido Popular de Galicia, eurodiputado y uno de los artífices de la reunificación alemana son sólo algunos méritos que pueden atribuírsele.

No puede, pues, extrañarnos que Fernández Albor haya inspirado hasta seis volúmenes biográficos. El último, publicado en 2012 y escrito por Enrique Beotas, lleva por título La elegancia del compromiso (Quindici Editores), síntesis de la motivación que le empujó a actuar a lo largo de su vida y la forma en que lo hizo.

Nació Fernández Albor un 7 de septiembre de 1917 en la compostelana Rúa Nova como segundo de los cinco hijos del matrimonio formado por Gerardo Fernández y Josefina Albor, natural él de Vilalba y ella hija de emigrantes a Buenos Aires retornados. Del Hotel Estrella que su familia regentaba guardaba Albor sus primeros recuerdos -"mi casa, un tiempo feliz"- y mencionaba también los continuos paseos con su abuela desde allí al colegio de Las Huérfanas, en el que estudió.

A temprana edad se fraguaron sus principales inquietudes: la política y la medicina, ambas vinculadas para él al servicio de los demás. "Las dos me interesaron desde pequeño, esa es la verdad", le confesaba en enero de 2013 a Ramón Sánchez-Ocaña.

De hecho, de su época como bachiller en la Academia Gelmírez, destacaba la atracción por la política: "Leíamos periódicos y los discursos de Azaña, Gil Robles, Prieto... Hablábamos entre nosotros y había distintas tendencias. ¡Éramos chicos de catorce años!". Sin embargo, se impuso su amor a la medicina, "que también es política en gran escala", a la hora de elegir sus estudios universitarios. "En aquella época también eras muy respetado si eras canónigo, pero en eso sí que nunca he pensado", decía sonriente.

Interrumpió su vida universitaria la Guerra Civil y, enviado a Alemania para hacer el curso de piloto de aviación, pasó en el país teutón la mayor parte de la contienda. Alcanzó el grado de teniente sin llegar a participar en acciones bélicas y, al regresar, prosiguió con sus estudios de medicina para después continuar con el doctorado en Madrid y acabar obteniendo el título en Salamanca. Amplió su formación como especialista en Cirugía General y Digestiva en ciudades como Barcelona, Viena, Londres, París o Lyon. Todo este periplo le permitió familiarizarse con varios idiomas y, aunque no presumía de estar muy ducho en ninguno de ellos, se defendía, decía, en inglés y francés y hacía hincapié en que hablaba "bastante bien el alemán" durante su estancia de año y medio en Viena en el Allgemeines Krankenhaus, la segunda Clínica Universitaria Quirúrgica del profesor Denk.

Ya como "doctor Albor", la fórmula apelativa con la que fue conocido durante toda su vida incluso tras su etapa política, compatibilizó la práctica clínica con la divulgación médica. Inició en esta época su ingente labor como integrante y fundador de un sinfín de organismos. Fue el primer presidente de la Sociedad Española de Coloproctología, presidió la asamblea local de la Cruz Roja y fue miembro de Honor de la Asociación Española de Endoscopia Digestiva. Además, promovió la creación de la Academia Médico-Quirúrgica de Santiago y de la Sociedad de Cirugía de Galicia, de las que también fue presidente.

Su desempeño como médico y cirujano lo llevó a ser responsable del Centro de Diagnóstico y Tratamiento Concepción Arenal y, posteriormente, a dirigir el Policlínico La Rosaleda, un "sueño" que logró hacer realidad como primer hospital privado en Galicia que aglutinaba a varios especialistas en un mismo edificio.

Se mostraba satisfecho y agradecido como impulsor del proyecto en julio de 2016, cuando se celebraron los cincuenta años de la creación del centro clínico. "Desde que comencé mis estudios en la extraordinaria Facultad de Medicina de la Universidade de Santiago supe que esta ciudad debía albergar el primer policlínico gallego, un centro capaz de responder a las exigencias del siglo XX desde la capital espiritual de Europa, la ciudad que durante mil años curó los males del alma -y del cuerpo- de peregrinos llegados del mundo entero", dijo.

En el mismo acto de aniversario, Albor incidía en una de sus constantes: no hay mayor legado que haber sido útil a alguien. Este fue el sentimiento que, en paralelo a su desempeño profesional, caracterizó un dinamismo social en el que actuaba como motor del desarrollo y el bienestar de Galicia. En clara sintonía con Ramón Piñeiro y, junto a otras destacados intelectuales, se embarcó en múltiples proyectos con impronta galleguista. "Creamos la Fundación Penzol, ¡otro galleguista!, de la que fui representante; creamos el Instituto da Lingua Galega en la universidad... hicimos muchos trabajos que propiciaron que, cuando llegó la autonomía, estuviésemos preparados culturalmente. Porque esos hombres, García Sabell, Rof Carballo, Del Riego, Isla, y no digamos don Ramón, realizaron una ingente labor cultural y de proyección hacia Europa", manifestaba.

Esa preocupación por sus paisanos y su idiosincrasia condujo a Fernández Albor a participar asimismo en la creación de la Sociedad de Desarrollo Integral de Galicia y la Editorial SEPT (Sociedad de Estudios, Publicaciones y Trabajos) y el Instituto Galego da Información. O a ser colaborador necesario del nacimiento de las fundaciones de Rosalía de Castro, Alfredo Brañas, Otero Pedrayo o Castelao. También a ser corresponsable de la inauguración en 1977 del Museo do Pobo Galego, que en su cuarenta aniversario celebrado durante el pasado año contaba con Albor como uno de sus patrones numerarios.

Su sensibilidad musical lo llevará a involucrarse en Música en Compostela, cursos universitarios internacionales promovidos por el maestro Andrés Segovia y que este año alcanzarán su sesenta edición. Albor ostentaba el cargo de presidente.

Es en plena efervescencia tanto profesional como social, y con la llegada de la Transición, cuando el doctor Albor vuelve a oír los cantos de sirena de la política y esta vez no será capaz de resistirse. Tras estrenarse tímidamente como uno de los fundadores del efímero Partido Popular Galego y de fomar parte del grupo de opinión denominado Realidade Galega, el espaldarazo definitivo se lo dio la petición de Manuel Fraga para encabezar las listas de Alianza Popular en las primeras elecciones autonómicas. La decisión de aceptar, contaba él a menudo, la tomó su mujer con el conocido "Es tu deber" con el que reaccionó a la noticia. Y así, contra pronóstico, ganó las elecciones y se convirtió en el primer presidente de la Xunta de Galicia. "Ganamos, aunque no teníamos ni dinero ni posibilidades de ganar. Y, con solo dos escaños más que la UCD, nos dejaron gobernar. Entonces, la gente sólo pensaba en la política y en que había una autonomía por construir y no en ella misma", señaló en una entrevista reciente.

Gerardo Fernández Albor iba ya a cumplir los sesenta y cinco años, la edad de la jubilación, cuando tomó posesión del cargo en el Panteón dos Galegos Ilustres de Bonaval un 21 de enero de 1982. Por delante, tenía la ardua labor de asentar los cimientos de la Galicia autonómica. Fue él quien tuvo que gestionar el traspaso de las primeras competencias y organizar un Ejecutivo propio al que dotó de sede en el edificio del instituto Gelmírez en San Caetano. La Xunta por él presidida impulsó asimismo el Parlamento de Galicia y pagó 550 millones a Defensa por el cuartel del Hórreo para convertirlo en su sede oficial. Nada de esto sería posible, por supuesto, si no fuese porque Albor logró imponer su voluntad, frente a disensiones incluso en el seno de su propio partido, de establecer en Santiago la capital gallega. Mientras, en A Coruña se constituía el Tribunal Superior de Xustiza.

Pero más allá de los logros administrativos, al primer presidente de la Xunta hay que reconocerle el mérito de saber hacer patria y esparcir entre los gallegos, tanto de Galicia como de la diáspora, el sentido de identidad. Propulsó la creación del Consello da Cultura Galega y se encargó de gestionar, por iniciativa de Camilo Nogueira, el regreso de Castelao. Sus restos aterrizaron en Lavacolla el 28 de junio de 1984, coincidiendo con el aniversario del plebiscito del Estatuto de 1936. Albor -junto con el presidente del Parlamento, Antonio Rosón-, cubrió el féretro con la misma bandera gallega con la que Castelao fue enterrado y colocó sobre el mismo la primera Medalla de Ouro de Galicia.

A su haber se suma la creación de la Compañía de Radio Televisión de Galicia, iniciativa de la que se consideraba "particularmente satisfecho, porque con su puesta en marcha garantizamos de alguna manera que el dioma gallego ya no pudiera morir nunca". La idea, según explicaba, surgió a raíz de una cena con Otero Pedrayo en la que éste le contó que la muerte de una mujer anciana en Cornualles había significado la muerte de una cultura pues era ya la única que hablaba la lengua propia. "Yo pensé: eso no pasará aquí si puedo evitarlo", afirmaba,

Sin embargo, su época como presidente no fue un camino de rosas. A la bisoñez y los escasos medios económicos de la primera legislatura se unió en la segunda un parlamento fragmentado y un baile de siglas en los partidos que acabaron con una moción de censura -impulsada por su vicepresidente, Xosé Luis Barreiro- y con Albor fuera del gobierno menos de año y medio después de ser reelegido. "Repetí una y otra vez que yo era un demócrata convencido que acataba por completo las reglas establecidas. Por tanto, no tenía ninguna intención de marchar voluntariamente porque unos señores creyesen que debía hacerlo. Les dije que iba a acabar mi mandato presidencial salvo que una moción de censura me relevase del cargo. Llegado el momento, esa moción se presentó y perdí la votación. Así que me despedí", recordaba.

Pero el doctor Albor tenía muy claro por aquel entonces que de lo que no se iba a despedir era de la política. Fundó el Partido Popular de Galicia y fue durante un breve periodo de tiempo presidente del PP nacional relevando a Manuel Fraga hasta que pudo ver cumplido otro sueño al resultar elegido eurodiputado en 1989.

En su primera legislatura como parlamentario europeo, ocupó la presidencia de la comisión creada para la reunificación alemana. Este trabajo, del que tan orgulloso se sintió también, propició que el presidente del Bundestag alemán, Norbert Lammert, colgase su retrato en la Galería de Ilustres del Parlamento alemán.

Posteriormente, entre otros cometidos, presidió la Comisión de Asuntos Exteriores y fue vicepresidente de la Delegación América del Sur y Mercosur. Europeísta convencido y defensor a ultranza del relevante papel que la ruta jacobea tuvo para la construcción de Europa, no dejó pasar la ocasión de fundar el Intergrupo Camino de Santiago, que presidió.

Albor dejó la política activa en julio de 1999, tras diez intensos años como eurodiputado. No dejo, por ello, de trabajar. Conferencias, artículos -hasta ahora continuaba escribiendo su columna dominical en EL CORREO GALLEGO-, la representación de la infinidad de causas con las que estaba comprometido y la asistencia a múltiples actos llenaron su siglo de vida. Y en el sinfín de homenajes que se le prodigaron en estos últimos años, en todas las entrevistas que se le hicieron, no se cansó de repetir un mantra: que le gustaría ser recordado como "una buena persona".

"!Qué hago con atacar! No siendo diplomático traicionaría mi religión y mi ideología, pues yo soy católico y liberal"

"Golpes tuve ganas de dar pero, cuando me metí en política, sabía ya como médico lo que era sufrir injusticias"

"Mi fórmula es tener ilusiones, tratar de no enfadarme nunca, trabajar, ser prudente y moderado en todo"

"Hice mío un lema de Ramón Piñeiro: somos gallegos por nación, españoles por historia y europeos por cultura"