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ABEL VEIGA

Vieja Jerusalem

07.12.2017 
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¡CUÁNTAS guerras y cuánta sangre en tu nombre!, ¡Cuánta barbarie y cuanta ignominia han cometido los hombres sobre tu tierra sagrada para tantas culturas y religiones! Y sin embargo, ¡cuántos silencios, silencios que destruyen y deshumanizan! Historia de desgarros, de empeños y desempeños. Historias que solo el tiempo petrifica ante lo efímero de sus personajes. La vieja capital, el símbolo perpetuo para unos y otros. El estatus que nadie se atrevía a cuestionar pero tampoco mover y avanzar. Llega Trump a quién el mundo y las relaciones internacionales son viejos conceptos, aporías vacías, donde todo se mide en clave de intereses, como siempre, pero cambiantes, y dice que proclamará Jerusalem como capital del estado de Israel. No importa la situación, el símbolo, el significado y mucho menos el status internacional de ciudad abierta como la ONU declaró en 1947 con la bipartición de la vieja colonia inglesa a Jerusalem. Todo lo que sucedió después, ya lo sabemos. Es una vieja historia de dolor y desgarro. Para unos y para otros, pero sobre todo para unos. Luego de la Guerra de los Seis Días, de facto Jerusalem es lo que es, y el resto ya lo han hecho los asentamientos, uno tras otro. Consumación total. Hermetismo y envolvente. Y silencio cínico de la comunidad internacional.

Pero Jerusalem son palabras mayores. Es el punto nervial de una paz y una solución que no quieren que llegue. Así de simple. No se quiere llegar a esa paz definitiva y los dos estados. Al que tiene derecho el pueblo palestino. El que el mundo debe al pueblo palestino. El que Naciones Unidas debe y firmó en 1947. Pero esta es otra historia.

Ojalá, ese mismo ímpetu Trumpetiano existiese para proclamar el Estado de Palestina. El mismo que la Asamblea de Naciones Unidas aprueba, pero no el Consejo, con el veto siempre presente del Estados Unidos. Tal vez ahora sí se llegaría a la paz que tanto necesitan dos sociedades civiles acostumbradas ya a vivir de espaldas la una a la otra. Sobre todo, una, privada de todo. Y por lo que parece también de su capitalidad, porque Jerusalem, Al Quds, también es y simboliza lo mismo para el otro pueblo. No se trata de identidades históricas y nacionales, todos las tenemos, se trata solo de algo más grande, la PAZ. Trabajar por la paz es más difícil, pero a la larga solo es el camino único.

Vieja Jerusalem, tantas veces atacada y recuperada a lo largo de tu historia. Une. No dividas.

Profesor universitario