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{A BORDO}

CARLOS LUIS RODRÍGUEZ

La censura previa

15.11.2017 
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LA virtud esencial para ser un buen censor era descubrir un ataque a la moral, las buenas costumbres o al régimen en palabras o imágenes inocentes. El lápiz o tijera de la censura se anticipaba a lo que pudiera pensar el lector o espectador, aunque nunca llegara a pensarlo. Todo tenía un doble o triple significado. Esa capacidad para descubrir lo que estaba escondido diferenciaba al censor de la gente corriente que hacía interpretaciones sencillas, y lograba finalmente un efecto contrario al pretendido. Pasaba lo mismo que con las versiones desquiciadas del psicoanálisis, capaces de detectar extrañas perversiones y maldades horrorosas en el subconsciente. Cuando el incauto paciente insistía en que nunca se había sentido como el Edipo ése, el profesional veía en esa negación la prueba irrefutable de que el sujeto sufría una terrible represión.

¿Pero quiénes estaban realmente trastornados? ¿El censor y el seguidor extremo del doctor Freud, o las personas normales y corrientes que iban por la vida sin tantas obsesiones? Una pregunta pertinente que podemos trasladar a nuestra acuciante actualidad, a cuenta del cartel que presenta la Xunta para el Día Internacional contra a Violencia de Xénero. El debate que debiera suscitar en una sociedad sin rastro de la censura franquista, sería estético. Es bonito o feo. La imagen podría estar más lograda o los colores ser menos oscuros. Los monumentos que aparecen son oportunos o no vienen a cuento. Si en eso se hubiera quedado cierta oposición, tendríamos una discusión serena y razonable, pero se opta por un tremendismo con evidentes vestigios ideológicos del régimen anterior.

Es como si el viejo censor que miraba con lupa cada fotograma de El Verdugo, medía el escote de la cupletista, o repasaba con la goma de borrar el último libro de Cela, se hubiese reencarnado en mentalidades que se autoproclaman progresistas. Si el nacionalismo atosigante de la dictadura tiene una versión moderna, la paranoia que encuentra subversiones por doquier cuenta hoy con destacados representantes.

Tanto el censor de antes como el de ahora pretenden trasladar sus obsesiones a una sociedad liberada de ellas. A quienes se han lanzado a criticar la cosificación de la mujer que se comete en el cartel, o la humillación femenina que se deriva de poner tres señoras al lado de la Catedral, la Muralla de Lugo o la Torre de Hércules, hay que decirles, sin la menor acritud, que el problema no está en la lámina sino en ellos. Si el mismo cartel estuviera firmado por un afín a sus posturas, estaríamos oyendo que la imagen destaca la liberación femenina por encima de monumentos obsoletos que representan el pasado. ¿Cómo evitar estas polémicas? El método ya está inventado y se llama censura previa. Que lo propongan.

Periodista