El Correo Gallego

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LOS REYES DEL MANDO

JOSE MIGUEL GIRÁLDEZ

Los niños de la cueva

11.07.2018 
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EL rescate de los doce niños que, junto a su entrenador, permanecían en el interior de una larga y sinuosa cueva de Tailandia ha renovado de pronto, y seguramente sin proponérselo, la naturaleza de las noticias de sucesos. Ha sido un largo suspense, angustioso, diría yo, especialmente para sus familiares, pero la cosa ha acabado bien, y eso ha supuesto una siembra de alegría y felicidad. Una alegría sin excepciones, como no podría ser de otro modo. Una alegría mundial. Estamos necesitados de motivos para la felicidad. A nadie se le escapa que vivimos una época atroz por muchas razones, fundamentalmente a causa de la situación de indefensión de numerosos ciudadanos ante el brutalismo político de algunos líderes verdaderamente perniciosos, y también a causa de la diseminación del miedo y del odio a los otros como armas de control y dominio. Vivimos una época atroz por muchas cosas, es cierto, aunque maravillosa por otras. La tecnología, por ejemplo, nos muestra esa biface: genial a veces, oscura como instrumento propio de una sociedad de Gran hermano, en otras.

Pero ha sido este grupo de niños de Tailandia, este grupo de jóvenes futbolistas que se hacen llamar ‘los jabalíes’, los que nos han animado el corazón, a pesar de las malas horas. Hemos vuelto a redescubrir, se diría, el placer de lo que acaba bien. El placer inmenso de las buenas noticias. El morbo de lo que sucede en el mundo se cuela en nuestro salón a cada paso. Creo que pocas veces los sucesos, en su peor expresión, desde luego, han tenido tanto reflejo mediático y tanto reflejo morboso (a veces repugnante) a todas horas. Como si contribuyeran a ese permanente estado de irritación, de alarma y de angustia en el que empiezo a pensar que algunos están muy interesados. Nunca se habló tanto del temor y de la seguridad, de la pretendida defensa de los que vivimos en países ricos de todo y ante todos, de la pulcritud total, cueste lo que cueste. Nunca se utilizó tanto este discurso para justificar ciertas decisiones y así, como suele suceder, tener a la población convenientemente atada a las pantallas, donde el mundo amenazante y cruel se muestra a diario con todo lujo de detalles, mientras la felicidad y la alegría rara vez tienen cabida.

Por eso el rescate de estos niños ha traído un viento nuevo. Salvo el buzo que pereció en las tareas de auxilio, todo lo demás salió bien. No sólo bien: fantásticamente. Había grandes profesionales allí. No he visto alimentar el morbo, sino narrar las muchas dificultades que la cueva contenía. He visto respeto informativo, he visto niños en penumbra, y hombres, a cientos, esforzados. Un relato enternecedor que hablaba de cartas a los padres, que hablaba de soñar con darse un festín de pollo frito. Y es entonces cuando he comprendido cómo una noticia angustiosa puede crecer para convertirse en un canto a la felicidad y a la solidaridad. Es cierto que decimos eso porque todo ha salido bien. Pero lo importante es que la noticia sea esa: que todo fue bien. Ojalá nos enseñe a abominar de los estercoleros del morbo, a renegar de cuanto se alimenta de lo peor del alma humana. Ojalá nos enseñe a comprender, en contra del famoso dicho, que las buenas noticias sí son las auténticas noticias.