El Correo Gallego

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LOS REYES DEL MANDO

JOSÉ MIGUEL GIRÁLDEZ

El oro y la peste

13.01.2018 
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EL ESTRENO ayer de ‘La peste’ (Movistar, bajo demanda, y #0) ha respondido a las expectativas. El tráiler, algo solemne, no hace justicia del todo a una serie profundamente pegada al suelo (al barro, al agua, al fuego), pero nos convoca a una mirada muy conseguida sobre la Sevilla del siglo XVI. Cuando la ciudad era la capital económica, el gran mercado del mundo, la puerta de América. Mucho dinero han tenido, al parecer, los creadores de la serie (de momento, seis capítulos) para llevar a cabo esta elaboradísima puesta en escena. Y bien que nos alegramos. No sirven las medias tintas para proyectos así. El despliegue de escenarios y simulaciones, la adecuación escénica, el relato creíble por su abundante documentación, no se consigue sin una inversión a la altura de otros proyectos internacionales. Así que ‘La peste’ puede considerarse ya una historia de referencia, que dará que hablar en otros lugares.

Los dos primeros capítulos abundan en esa mirada paradójica, tan común en nuestra historia: la Sevilla envuelta en el oro de Indias que pasa de largo, o se queda en palacios, mientras los pobres (Ia mayoría, claro) malviven entre el barro y los excrementos, alucinados por la llegada de las noticias del Nuevo mundo, embebidos de una riqueza que apenas logran sangrar de los bolsillos de los muertos, por el robo o la dádiva, por el asesinato o la maldición. Un mundo de pícaros, que seguramente ha construido también parte de nuestra historia, casi de cualquier tiempo. Con una estética de claroscuros, muy velazqueña, Alberto Rodríguez y Rafael Cobos nos llevan por esta Sevilla alucinada, enfermiza y hambrienta, en la que la riqueza pasa sin casi tocar a sus habitantes, pero dejando un leve brillo en algunas faltriqueras, cuando no en el filo de las navajas. Un mundo de oportunistas y soñadores, que tiran de faca y de promesas, un mundo embarrado de trileros que conviven con una belleza terrible y con el fulgurante color de los guacamayos venidos de América.

‘La peste’ pretende ser un ‘thriller’ (hay asesinatos, hay muerte, violencia y engaño), pero pronto la historia devora ese interés más detectivesco, y le gana por la mano. Nos interesamos en las magníficas recreaciones, que van más allá del mundo de los muertos. La peste lo envuelve todo, y el dinero pasa brillando bajo miradas torvas. Muere la gente en el lodo, y brillan los barcos con sus lamparitas en el río. Llegan los italianos en busca de fortuna, desde Génova, dicen. Se compran voluntades a cada paso, se rastrea la ciudad en busca de un joven cuyo padre ha muerto, al que llaman el inmortal… por su pálido color, “pues la muerte no puede verlo”. Así debió ser aquel mundo en el que el oro y la peste se daban la mano. Y donde nacían entre el barro los sueños de viajar a América para tocar el paraíso. (Hay mucha documentación: sobre Sevilla y la peste, muy recomendable es ‘Hija de la Iglesia’, de Fernando de Artacho). La ciudad se hizo global de pronto. La injusticia se daba la mano con una hermosa modernidad venida de muy lejos. Vemos caballos, pero también llamas en los mercados, chocolate en la mesa de los ricos (Paco León), y tomates (rojos, aunque quizás deberían ser amarillos), que en aquel tiempo, como la serie refleja, se consideraban venenosos.