El Correo Gallego

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LUIS CARAMÉS VIÉITEZ

Una verdadera quiebra moral

13.06.2018 
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LA presión migratoria no va a dejar de crecer y a la Unión Europea, después de algunas alegrías alemanas poco pensadas, no se le ocurrió mejor cosa que jugar al cortísimo plazo, encontrando una pseudosolución, pedirle un favor a Turquía. Alguien tendrá que limpiar el frontispicio de los valores europeos de esa mancha por muchos inesperada, monumento ignominioso a mayor gloria del pragmatismo. Todo ello en plena deriva autocrática de Erdogan.

Falta de previsión, impotencia, nula gobernanza. Claro que el problema tiene gran envergadura, pero el espectáculo es de marca mayor. ¿Nadie veía en Bruselas que Italia, con o sin populistas, iba a hartarse de que Lampedusa se haya convertido en el lugar de atraque de miles y miles de personas cuyo pasaporte se llama desesperación?

¿Es que son de mejor condición burócratas y políticos bien pagados de la UE que la humilde gente del sur de Sicilia, que se ha echado a sus espaldas la cotidiana recogida de muertos y supervivientes, al lado de militares italianos y oenegés?

Tiempo ha habido y de sobra para planificar cómo absorber estas avalanchas, por una Europa más que envejecida. Tenía que haberse adelantado al previsible discurso xenófobo y hostil, ayuno de cualquier propuesta constructiva. Claro que en las migraciones influyen acontecimientos excepcionales, como guerras y crisis -Siria, Libia, Irak-, pero también está ahí, para quedarse, la mundialización del mercado de trabajo. Por no hablar de hambrunas y gentes que quieren un mejor modo de vida, como millones de europeos lo buscaron en otros momentos de la historia.

No olvidemos tampoco la demografía. Pensiones, protección social, consumo...Las políticas de natalidad, por exitosas que sean, que lo son más bien poco en general, no van a suplir el papel esencial que la población emigrante puede jugar al respecto. Y la Comisión Europea lo sabe, conoce bien que debe superarse el discurso alarmista con el que nos bombardean cada día, que debemos concentrarnos en transformar la inmigración en una oportunidad para todos, procurando su integración en nuestras sociedades.

Quizá habrá que avanzar de la mano de lo útil y funcional, como tantas veces ha ocurrido en la vida de la Unión, pero no olvidemos la dimensión ética. Y aceptemos que estamos ante un factor estructural, que se podría flexibilizar con políticas de ayuda al desarrollo, de eficacia muy limitada hasta ahora, lamentablemente.

Catedrático de Hacienda Pública