El Correo Gallego

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ABEL VEIGA

Presidente Albor

13.07.2018 
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SIENDO un niño -mi padre en aquel momento presidía Alianza Popular en Monforte y se presentaba a alcalde en las elecciones de 1983-, el presidente de la Xunta hizo campaña en la capital del Lemos. Tiempos sin móviles. Pero de enormes ilusiones. Alguien había decidido que lo mejor era esperar en comitiva al presidente en la carretera de Chantada en los aledaños de la explanada del cementerio, conocerse y presentarse para luego entrar todos juntos al teatro Lemos donde se darían los discursos. Probablemente fue aquella la primera vez que los monfortinos vieron de cerca a un presidente de la Xunta. Era Fernández Albor, un médico al que la política le apasionaba y embebido de aquel galleguismo de los cincuenta y sesenta de la capital compostelana, decidió comprometerse con la misma.

Fue el primer presidente electo, y apenas unos miles de votos más que la UCD. Le volvería a ver, él ya anciano, en marzo de 2012 en la entrega de un premio periodístico en Lugo, del Grupo El Progreso, y donde se anunciaba por el actual presidente de la Xunta que el Gobierno le concedía la Gran Cruz de Isabel la Católica. Sin duda, merecidísima. No han sido estos los honores ni los premios, hubo otros, entre ellos alguno que le causaría gran satisfacción, en Alemania, la reunificada, donde en el Bundestag cuelga un retrato suyo por su apoyo a la unidad de las dos Alemanias.

En muchos momentos he escuchado gran cantidad de anécdotas personales y políticas de Albor. Pero de todas, un par de ellas destacan sobre otras, su bonhomía y su sentido del humor. Así me lo constataron eurodiputados que coincidieron en Estrasburgo y Bruselas con él. Un hombre de convicciones, de principios, humano, profundamente humanos, con virtudes y defectos, como los de cualquier otro, hacedor de puentes y para la política y políticos de hoy, a años luz de éstos. Le tocó presidir una autonomía donde todo estaba por hacer, desde el Gobierno y sus estructuras hasta las propias sedes físicas del Gobierno y sus consellerías. Donde faltaba de todo o casi todo, menos voluntad política de unos y de otros.

Cinco años presidente hasta que una revuelta propia y ajena, pero con dolor interno, le desbancaron. El tiempo puso a todos en su sitio, y como no había rencor en su alma, también la reconciliación que no ha mucho se escenificó en un sentido y emocionado abrazo en la que sería una de las últimas apariciones públicas de Albor.

Se quejaba en una entrevista última de la ignorancia que veía en la política. La política vacía y plana de hoy y sumamente cortoplacista. El expresidente pertenecía a una generación de hombres que vivieron la guerra civil, esa lucha fratricida y cruel, las penurias de la postguerra, la guerra mundial y la destrucción que trajo, que vivió y sintió el galleguismo y el pulso de una intelectualidad atrapada entre el exilio y el franquismo, y que supo que la palabra y el diálogo son los únicos motores que construyen y edifican sociedades. Que levantan barreras y nos hacen a las personas más humanos. Profunda y desnudamente humanos.

A lo largo de su vida demostró su compromiso, su lealtad, su estatura humana. Quizás la política fue accidente cuando al lado camina un gran ser humano. Quizás fue la mejor manera en la que darse y entregarse a una sociedad además de médico. Siendo consciente que aquélla, la política, genera enormes sinsabores también y algunas piedras amargas.

Profesor universitario