El Correo Gallego

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EDITORIAL

Petardazo a las primeras de cambio

14.06.2018 
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EN ESTA ESPAÑA ABONADA al vértigo, cuando no asomada al precipicio, pasamos en una semana exacta de quedar boquiabiertos y asombrar al mundo con el dream team de Pedro Sánchez -entronizado por la prensa internacional como Mister Handsome como mérito principal, vaya por Dios- a finiquitar la luna de miel con la dimisión del ministro de Cultura, sin tiempo casi a estrenarse y que se ha ganado un hueco en la Historia, eso sí, como el más breve de la democracia. "Esto no tiene sentido, voy a dimitir", dicen que dijo Màxim Huerta antes de entregar su cabeza al nuevo inquilino de La Moncloa. Huerta estaba sentenciado desde que un diario digital aireó que el comunicador/escritor usó una empresa tapadera para defraudar a Hacienda entre 2006 y 2008. Que el Huerta ciudadano esté ahora al corriente de sus obligaciones fiscales no exculpa al Huerta ministro -servidor público, o sea- de pecar contra dos principios sagrados en democracia: el de ejemplaridad y el de transparencia. Sus disculpas sobre la ausencia de mala fe no podían protegerlo y no lo protegieron. Primero, porque lo que no tiene trascendencia pública como ciudadano sí la tiene, y mucho, como ministro. Segundo, porque el propio Pedro Sánchez se comprometió en 2015 a cesar a quien usara una sociedad para pagar menos impuestos; en concreto, el hoy presidente señaló con el dedo al controvertido podemita Juan Carlos Monedero y calificó de inmoral su comportamiento con el fisco; no le quedaba, pues, otro camino que actuar en consecuencia. Tercero, porque mantener a Huerta pondría en evidencia a las primeras de cambio la soledad de su Gobierno en el Congreso, con solo 84 diputados fieles. Por mucho que se haya hecho lo que aconseja el sentido común para intentar minimizar el alcance del escándalo, y para salvar el proyecto regenerador que abandera el líder socialista, parece claro que se acabó la fiesta del cambio antes siquiera de comenzar. La torpeza infinita del ya exministro de Cultura no es una buena noticia para la hoja de ruta trazada por el presidente, con el horizonte del año 2020. Tampoco lo es para la estabilidad que España necesita como agua de mayo. ¿Hay solución? Una incontestable: que los españoles decidan su futuro en las urnas.