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La esperanza que se convirtió en un reguero de sangre

'La historia no registra otro cambio de frente tan radical', diría león trotsky al comienzo de su célebre historia de la revolución rusa de 1917. uno puede estar o no de acuerdo, aunque sospecha que la francesa, algo más de un siglo anterior (1789/1799), pudo haber sido, en todo caso, un tanto más bestia. Pues bien. lo de los soviets fue, a todas luces, un experimento precipitado, aunque urgente. de esto último no cabe la menor duda. los zares habían condenado al pueblo a un hambre atroz y a unas condiciones en que la vida era, simplemente, un milagro, y los límites de aguante ya habían sido sobrepasados mucho tiempo antes, pero la precipitación fue innegable. el principal ideólogo, vladimir ilich lenin, venía de otro planeta (en concreto, de la spiegelgasse de zÚrich), y no puede decirse que su sentido de la realidad de su país fuera muy exacto. sus pasos indecisos al comienzo de la historia, así lo han demostrado. Nacía el marxismo/leninismo. léase comunismo. uno también es marxista, sólo que de la facción harpista. por eso no creo que mi ideología deje de triunfar nunca. es menos arriesgada. la otra, la leninista, ha fracasado, en la práctica, una y otra y otra vez. lástima. era una esperanza...

Vladimir Ilich Lenin, en uno de sus primeros mítines, recién llegado de su cómodo exilio de Zúrich, donde vivía en la Spiegelgasse, cerca de Tristán Tzara - FOTO: XF/ARCHIVO DOCUMENTAL SOVIÉTICO
Vladimir Ilich Lenin, en uno de sus primeros mítines, recién llegado de su cómodo exilio de Zúrich, donde vivía en la Spiegelgasse, cerca de Tristán Tzara - FOTO: XF/ARCHIVO DOCUMENTAL SOVIÉTICO

XURXO FERNÁNDEZ   | 12.11.2017 
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Hubo un tiempo, y aún no hace tanto de eso, en que las ideologías se dividían, equinoccialmente, y de una forma un tanto simplista, en derechas e izquierdas. Vistas, una y otra clasificación, desde fuera, y sin contextualizar, los dos bloques parecían severamente monolíticos. Siguiendo ese criterio, la Revolución de 1917, sería, a todas luces, un movimiento de izquierdas. Considerado ello en buena lógica, para llevar a cabo sus propósitos, pues, lo único que habrían tenido que hacer aquellos bolcheviques de Lenin, sería aprovechar ese aparente monolitismo para conseguir un triunfo rápido y sin fisuras. Pues bien. Ellos, precisamente ellos, fueron, quizás, los primeros en demostrar que entre las izquierdas era una auténtica utopía conseguir no ya el triunfo, sino el más mínimo acuerdo a efectos organizativos o tácticos. De hecho, al más mínimo roce entre dos facciones, acababan a tiros, al más puro estilo de los films del Oeste. Y eso lo practicaron desde el principio. Alguno de los fundadores del movimiento, tuvo que salir por piernas del país, y se le persiguó hasta su exilio dorado. He ahí el caso de Trotsky, asesinado con un piolet por el catalán Ramón Mercader. Otros fueron resistiendo zancadillas de todo tipo y estilo hasta su misma muerte. Y, para acabar con alguno hizo falta una paciencia infinita...

Como en el caso de Iosif Stalin. La cosa es la mar de curiosa, porque aquel individuo tan sangriento procuraba protegerse, antes que nada, de sus amigos más íntimos. Y, si bien es cierto que esa idea sigue vigente, tras haber sido popularizada, entre otros muchos, por Vito Corleone ("Mantén cerca a tus amigos, pero aún más cerca a tus enemigos..."), en su caso fue exactamente así. Fue el 28 de febrero de 1953. Tras una reunión de urgencia en el Kúntsevo con sus socios más allegados, Kaganóvich y Voroshílov, sufrió un accidente cerebrovascular que lo llevaría a la muerte definitiva el día 5 de marzo. No había médicos presentes (salvo luego, los forenses). Su animadversión hacia ellos había comenzado con desacuerdos con quien había sido el suyo de cabecera, Vladímir Vinográdov, quien, precisamente, había tratado de que no cometiera excesos. Pero, hete aquí que una doctora muy afín al bueno de don Iosif, Lidia Timashuk, le advirtió que tanto Vinográdov como otros galenos trataban de debilitarlo con medicinas erróneas, y que el origen de todo era una conspiración judía contra él. El dictador la emprendió contra la clase médica, se cepilló de un golpe a 37 de los más destacados, e inició un pogromo antisemita que se extendió rápidamente hasta el pueblo llano. Pero volvamos a la noche de autos (de choque, podríamos decir). Quien lo encuentra es su mayordomo. El primero que lo atiende, otro personaje de la misma calaña que el dictador. Ni más ni menos que Lavrenti Beria, jefe de la Policía y del NKVD, antecedente directo del KGB. Hay quien asegura que al verlo tumbado, dijo -por lo bajo-: "¡Al fin...!". Tras su muerte, cuentan que, en una confidencia a Nikita Jrushchov, allegado también de Stalin y futuro presidente de la URSS, Beria le dijo: "Sí. Yo lo maté. Y os salvé a todos..."

Eso según una de las versiones. En otra de ellas, se mantiene que el hombre que llamaba la atención dando zapatazos en las mesas y Beria estaban juntos, y en el ajo, desde un principio. Y un pequeño detalle más: el veneno que utilizaron, a modo de arma de una Justicia poética suprema, no fue otro que... matarratas...

Escojan, pues, ustedes, la versión que prefieran...

XF/ARCHIVO DOCUMENTAL SOVIÉTICO
Nadie sabe a ciencia cierta quién ha sido el mayor asesino de masas de la Historia, pero no cabe la menor duda de que Stalin fue uno de los más crueles
FOTO: XF/ARCHIVO DOCUMENTAL SOVIÉTICO

PRINCIPIOS Y FINALES

Es curioso repasar ahora esos comienzos revolucionarios. Como se indica en el titular, aquello era un rayo de esperanza para millones de personas a lo largo y ancho del Mundo.

Uno podría comenzar por las crónicas más obvias. Como la del que antes citábamos, de Trotsky. Pero, qué duda cabe, es una opinión muy interesada y, a todas luces, muy poco objetiva. Luego tenemos a los periodistas que fueron a cubrir los hechos. Al frente de todos ellos, un texto muy conocido, el de John Reed, Diez días que estremecieron al Mundo, que, en la primera edición norteamericana de 1919, estaba prologado por el propio Lenin, quien contaba que "Desde el fondo de mi corazón, se lo recomiendo a los obreros de todos los países... ya que ofrece un cuadro exacto y extraordinariamente útil de acontecimientos que tan grande importancia tienen para comprender lo que es la revolución proletaria, lo que es la dictadura del proletariado..." Y que acababa con esta ínclita frase: "El libro de John Reed, sin duda alguna, ayudará a esclarecer este fundamental problema del movimiento obrero universal..."

Ese es uno de los testimonios más conocidos. Sobre todo, a partir del momento en que se adaptó primero como documental para la televisión, en la propia URSS, en 1967, bajo la dirección de Norman Swallow, y a la gran pantalla, bajo el título de Reds, dirigida y protagonizada en 1981 por Warren Beatty y con la presencia (realmente imprescindible) de gigantes como Diane Keaton, Jack Nicholson, Gene Hackman...

Sin embargo, uno de los testigos más importantes sobre esos primeros pasos es el del que, andando el tiempo, en 1947, llegaría a hacerse con el Premio Nobel de Literatura, André Gide. Del formidable autor de Isabel o Los monederos falsos, Alianza Editorial ha editado hace muy poco un documento interesantísimo titulado, in extenso, Regreso a la URSS. Publicado en 1936, con un largo epílogo que data de junio de 1937 bajo el nombre de Retoques a mi viaje a la URSS, el francés comienza por una descripción casi extática de las maravillas que ve: "En contacto directo con un pueblo de trabajadores, en las obras, en las fábricas o en las casas de descanso, en los jardines, en los parques de cultura, he experimentado momentos de profunda alegría..."

El tono sigue siendo optimista. Hasta que, de pronto, se encuentra con las trampas, las realidades preparadas o maquilladas por la Inteligencia. Y la cosa va cambiando conforme se adentra en la realidad del país. Y el manifiesto acaba conviertiéndose en una denuncia sin trabas.

Bueno es que, al menos, en Cuba, sirvió para algo. En el resto, prefiero no entrar. Lo dicho: uno es marxista/harpista. Y, visto la que se nos viene encima, incluso hasta de Mickey

Mouse...