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El poeta Parra

Violeta y Nicanor Parra - FOTO: Mario Ruiz/EFE/Archivo familiar de Nicanor Parra
Violeta y Nicanor Parra - FOTO: Mario Ruiz/EFE/Archivo familiar de Nicanor Parra

XURXO FERNÁNDEZ/JOSÉ MIGUEL GIRÁLDEZ  | 28.01.2018 
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Manuel María me descubrió quién era, exactamente, Nicanor Parra. Me había regalado, allá, hace tantos años (1976), en Monforte, una antología recién aparecida de sus antipoemas. Recuerdo, como si fuera ahora mismo, su capacidad de transfiguración. Más allá de quevedo o de los poemas secretos de Guerra Junqueiro, Parra era, claro,  indescriptiblemente desternillante. Cuando pude leer arTefactos lo entendí a la perfección. Él mismo lo confesaba: “yo, simplemente, rompo con todo...” y lo hacía. Vaya que si lo hacía. Uno empatizó con él a la primera de cambio. Pero antes ya lo habían hecho tipos tan serios, concienzudos, y tan descomunales como William Carlos Williams, Allen Ginsberg o Ferlinghetti. Más tarde lo haría Roberto Bolaño. Para colmo, don Nicanor era hermano de uno de mis personajes de cabecera, sobre todo en esos años: Violeta Parra, para quien había escrito, entre otras muchas cosas, la Cueca larga. Había hallado, gracias al amigo Manuel, a uno de los personajes más importantes de la literatura universal de todos los tiempos. Un creador único y absolutamente irrepetible...

Antipoemas, o cómo invertir LAS COSAS

Como citábamos antes, la intención del poeta era, ni más ni menos, romper con todo... Pueden ustedes leer la estrofa completa en el interesante poemario Artefactos, del año 1972:

Hasta cuándo siguen fregando la cachimba
Yo no soy derechista ni izquierdista
Yo simplemente rompo con todo.

Desde el primer verso que leemos de este gigante que acaba de abandonar el edificio a la tierna edad de 103 años, comprendemos que su forma de hacer las cosas es un tanto peculiar. Ya no se trata de que haya ahí un desmesurado potencial humorístico. Que lo hay, claro. Es que su visión de lo que es exactamente un poeta es realmente único. Es como si juntáramos la lucidez de Rimbaud con la mala leche de Apollinaire y le añadiéramos la hiel reconcentrada de Antonin Artaud. ¿Surrealismo? No. Algo distinto. Más próximo. Más actual. O, simplemente, un producto que lleva en los dientes el marchamo (como en tiempos el carnet de identidad en boca de los detenidos) de lo estrictamente revolucionario.

Su grandeza se mide por la cantidad de admiradores que ha tenido y sigue teniendo a lo largo y ancho del Planeta Tierra. Sobre todo, curiosamente, entre los poetas mayores, de los que hemos citado a unos cuantos de los más elementales. Pero no sólo. También entre los gobernantes más decentes de América. Por poner un sólo ejemplo, el cuidado que ha tenido siempre con él la actual presidenta de Chile, Michelle Bachelet, de quien pueden ver aquí una hermosa foto de ambos hace tres años, cuando acababa de cumplir la centuria exacta. La buena de la señora lo ha considerado siempre uno de los emblemas más firmes de su país. Junto a su ilustre hermana, naturalmente...

Su obra es una especie de ajuste de cuentas con la equidad del Mundo Civilizado. Dicho de otro modo: ha habido tantos supuestos iconos (a veces, incluso autoproclamados), y tanta tontería de por medio, que, cuando empezó a divulgarse su singular obra, todos los lectores del género humano se congratularon por el hecho de que las cosas volvieran a apreciarse desde un punto de vista más ecuánime, más justo, y, desde luego, menos formal...

La Antipoesía, el invento esencial de Parra, era un catalizador, capaz de desintegrar de un plumazo el Statu Quo de las Letras Universales. Precisamente por eso, no es de extrañar que fuera el crítico y reconocido canonista Harold Bloom el primero que advirtió que el chileno comenzaba a ser, a partir de mediados del siglo pasado, el poeta más importante de Occidente.

En todo caso, y al margen de otras consideraciones, está perfectamente claro que su obra es de lo más atractivo, adictivo y, en resumen, sólido, de toda la producción creativa de los siglos XX y XXI. Hechos por los que su número de lectores no hace más que crecer en progresión geométrica.
Alguien no alineado, descreído, una de cuyas autodescripciones más célebres era:

¿Marxista?... No, ateo, gracias a Dios...