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tribuna libre

Transporte público y pautas de movilidad

F.JAVIER VARELA TEJEDOR   | 30.07.2017 
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La movilidad, en la terminología del transporte, constituye una variable cuantitativa que mide la cantidad de desplazamientos que las personas o las mercancías efectúan en un determinado sistema o ámbito socioeconómico. Es decir, es el conjunto de desplazamientos que se producen en un contexto físico, a través de los medios que los hacen posible, esto es, los sistemas de transporte. Los desplazamientos se realizan con objeto de salvar la distancia que separa a los miembros de una comunidad de los lugares donde satisfacen sus necesidades o sus deseos, es decir para conseguir una adecuada y cómoda accesibilidad. Debe pretenderse orientar la movilidad hacia un enfoque sostenible a través de dos objetivos distintos pero complementarios y necesariamente simultáneos: la reducción del uso del automóvil privado y el fomento de los transportes públicos y no motorizados.

La necesidad de disminuir el uso del vehiculo privado (el coche) radica en lo ineficiente que resulta su masivo uso. El automóvil es el medio de transporte que más energía y espacio consume por persona transportada, el que más contaminación produce, tanto acústica como atmosférica, y el que más accidentes ocasiona, todo ello agravado por sus bajas tasas de ocupación.

Por tanto para mejorar la movilidad deben priorizarse medios más respetuosos con el entorno y más sostenibles: el transporte público, con impactos mucho menores; y el transporte no motorizado, con impactos prácticamente inexistentes.

A efectos de conseguir reducciones importantes de los impactos mencionados, una herramienta muy efectiva y de demostrada utilidad consiste en disminuir la velocidad de circulación en áreas urbanas. Es una herramienta poco complicada en términos técnicos, aunque no tanto desde el punto de vista político. Su resultado es un aumento de la habitabilidad de las zonas donde se aplica y una potenciación del uso de la calle como lugar de encuentro y recreo. En efecto, el espacio que anteriormente era de uso casi exclusivo del tráfico se transforma en uso de las personas, de los viandantes.

Reducir la velocidad de circulación a un máximo de 30 kilómetros por hora permite niveles sensiblemente menores de la contaminación acústica y del aire. Asimismo el peligro que supone el tráfico, y especialmente el automóvil, para el resto de usuarios se ve considerablemente disminuido. Esas medidas conjuntas producen que las personas se encuentren más cómodas en la calle, paseando, haciendo ejercicio, o simplemente charlando, cambiando la percepción de la calle desde una mera plataforma de tránsito a un lugar de sociabilización, con valores y fines en sí y por sí misma.

Los beneficios que origina la reducción de velocidad en la ciudad pueden sintetizarse en los siguientes: Reducción de los contaminantes generales emitidos. Disminución del ruido. Reducción de la siniestralidad, en número de accidentes y en su gravedad. Reducción de las emisiones de CO2. Reducción de la congestión ya que al disminuir la velocidad, el tráfico se vuelve más fluido y constante.

La pacificación del tráfico urbano se logra además con medidas tales como la construcción de elementos sobre la calzada -como lomos o resaltes-, el diseño de itinerarios sinuosos para los coches, y sobre todo la disminución del ancho de calzada, actuaciones que obligan a disminuir la velocidad, así como la plataforma única, es decir, calles sin separación entre el espacio para el coche y para los peatones, en que el cambio de pavimento advierta a los automovilistas de que entran en una zona preferentemente peatonal, señalizaciones y cambios de sentido que impidan el empleo de ciertas calles como lugares de paso o de atajo, implantación de carriles bici, etc.

Peatonalizar las calles es una de las formas de rehabilitar el espacio público y de dotarlo nuevamente de sentido. Con su aplicación se recupera toda la vida y actividad perdidas durante décadas de expansión automovilística. Supone básicamente devolver la calle a las personas y sus actividades cotidianas. En el modelo de ciudad actual -donde cada vez más empresas se ubican en la periferia- las posibilidades de acceso a determinados trabajos en transporte público son muy limitadas o simplemente inexistentes, lo que obliga al empleo del automóvil para acceder al lugar de trabajo. Es por ello que es necesario implantar planes de movilidad de empresa para ofrecer alternativas de movilidad a los trabajadores. La misma situación se está dando en los últimos años para acudir a grandes áreas comerciales. Partiendo de lo dicho, el fomento del transporte público es un objetivo del que pocas Administraciones reniegan, en teoría, aunque las actuaciones prácticas son mucho más limitadas.

El medio de transporte público que resulta más demandado por la población, e incluso por los gestores públicos, es el que no compite contra el automóvil por el espacio público, esto es, el metro. Un transporte muy eficaz cuando existen grandes demandas que amortizan sus elevados costes de construcción y mantenimiento. Los transportes públicos de superficie, sobre todo los autobuses, son medios mucho más económicos en su implantación, que prestan un servicio de calidad óptimo para demandas medias, pero que están muy penalizados en su competencia con el automóvil por las congestiones que afectan a su servicio, y que son la causa principal de una menor eficiencia del transporte público por el abusivo uso del automóvil. No se puede mejorar el transporte público sin reducir a su vez el uso del coche privado si no queremos que todas las medidas encaminadas al fomento del mismo vean mermadas su efectividad.

A su vez, el automóvil y su expansión urbana de las últimas décadas, es la causa de la inhibición de los transportes no motorizados. Peatones y ciclistas no encuentran lugar en una ciudad hostil para ellos. En una ciudad diseñada para el coche, sin espacio ni facilidades para el peatón o el ciclista.

Desde el punto de vista organizativo, es necesario apostar por las autoridades únicas para poder concebir el transporte metropolitano de pasajeros como un sistema integrado, terminando con la coexistencia de distintos órganos de gobierno, pertenecientes a diferentes niveles de la Administración pública, que intervienen sobre el sistema de transporte de un mismo territorio con capacidad de decisión y competencias propias, evitando el desarrollo independiente de las redes que produce duplicación de prestaciones e infrautilización de los recursos. Con la autoridad única se logra un modelo estable de financiación y se mejora la calidad del servicio. Factores imprescindibles para competir con el automóvil privado.

Román Rodríguez

y la Cidade

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