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tribuna libre

Vivencia de lo rural

ÁNGEL NÚÑEZ SOBRINO  | 07.01.2018 
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Todos los mercados suponen una viva tradición al aire libre. En los mercados se exhibieron siempre libres productos sin química añadida y constituían una muestra de los productos naturales de una tierra sin colocárseles una etiqueta. Llegaban hasta los mercados aromas de hierba y campos cercanos, si estaba en un pueblo; y venían reminiscencias del mundo rural, si ese mercado se instalaba en una ciudad, como el olor de los tomates, el tomillo y el pimiento. Los mercados específicos traen siempre fechas y productos fijos: es como una convocatoria con aspectos esperados, pero es también una convocatoria de la sorpresa, de una ilusión en ir a ver qué se encuentra como novedad. El apetito, el capricho, o la necesidad aprietan ese súbito captar que se consuma y expresa en esa decisión rápida que es la compra. En esta línea es el Mercado de Navidad, en la Plaza Mayor de Madrid, lo que envuelve y hechiza al visitante –con las figuras de Salzillo y su escuela, y de tradición napolitana– en barro labrado, procedentes de las factorías de Puente Tocinos y Artesanía Serrano / Belenes, en Murcia, que son estampa y escena del desaparecido, ya para siempre, siglo XVlll. De una parte quedan como documento; de otra parte, quedan como expresión. Desde el presente hecho escultura vemos como era la moda en el vestir durante ese siglo, y algo aún más importante, como eran los ademanes y la mirada; y esta realidad plástica nos conduce al relato plagado de detalles para conocer como era la cotidianeidad rural en esta centuria, o, también, hace dos mil años... en un realismo que hay que interpretarlo como un documento: esta es una oportunidad magnífica que nos conceden todos los belenes del mundo que desprendan calidad.

En un mercado bien repleto de productos conjugamos los tres tiempos. El pasado aparece como aquello que nos trae productos trabajados desde una tradición consumada y acertada. Siglos de aportación en esfuerzo conseguido. El presente se nos aparece como ese disfrute en vivencia propia, cuando ejecutamos en directo una percepción olfativa o gustativa. Nos percatamos de la delicia de estar allí. El futuro se nos aparece como el deseo abierto y la seguridad firme de que ese mercado va a seguir existiendo y las gentes van a seguir convocándose allí, en jolgorio y negocio , año tras año.¿ Hemos notado o anotado el interés psicológico que posee el regateo? Los amaneceres serán siempre el testigo de su constitución en las lonas, las tiendas y los puestos. La espera de los clientes, donde se espera no tanto la conducta como sí los resultados de las ventas, y que compensaría las horas de espera, intemperie y aguante. Quedan en mi memoria los mercados de Monterroso, Malmö, Friburgo, Beaune, Barcelos, Cracovia... y regada está esa memoria con la atmósfera mágica de la ilusión dentro de una vivencia extraña, atemporal y escenográfica con resabios medievales, tradicionales, rurales y románticos, que alejan y calman la visión geométrica de los edificios urbanos. Contribuye también a la atmósfera mágica la repetición, acaso con leves diferencias, de visitas anteriores al mismo espacio establecido para exhibiciones de productos naturales del mundo rural. Lo rural surte a lo urbano, ya se sabe; y desde aquí proclamo los valores de la aldea desde el trabajo y la entrega a la tierra, en surcos de tierra con sudor y esfuerzo. Capitales son las páginas de Otero Pedrayo en torno a la aldea gallega y su paisaje, y seguro no sería así sin la experiencia diaria de su querida Trasalba.

(*) El autor es escritor