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La eterna lucha del 'premier' galaico contra el localismo y la división política

Manuel Fraga y Gerardo Fernández Albor, en una visita a la antigua sede de EL CORREO GALLEGO
Manuel Fraga y Gerardo Fernández Albor, en una visita a la antigua sede de EL CORREO GALLEGO

13.07.2018 
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La toma de posesión fue un acto muy ritualizado, en San Domingos de Bonaval, donde se encuentra el panteón de gallegos ilustres. Allí, Albor volvió a insistir en sus ideas de cooperación "sin sectarismos ni fanatismos". Contestó a sus palabras su amigo Domingo García-Sabell, quien sustituyó al ministro de Administración Territorial, Rafael Arias Salgado. Fue un acto muy emotivo. Sonó la Negra Sombra y le acompañó el doctor Agustín Sixto Seco, otro amigo y compañero suyo de los viejos tiempos de La Rosaleda.

Los actos finalizaron con una entrega de flores en el panteón, ante las tumbas de Rosalía de Castro, Alfredo Brañas, Ramón Cabanillas y Francisco Asorey.

Respecto a Fernández Albor, que insiste en mantenerse al margen de la lucha partidaria y, en especial, sigue defendiendo contra viento y marea su independencia personal en relación con los avates internos de Alianza Popular, pronto se verá que la suya era una aspiración imposible. Y de ahí le vendrían muchos de sus problemas. Desde el primer momento, la gestión de Albor se traduce en un preocupante desinterés por los problemas internos del partido, cuyo liderazgo se reparte en territorios y cuya precaria unidad a escala regional amenaza con resquebrajarse.

EL ADVERSARIO SOCIALISTA Sólo la figura de Fraga es capaz de concitar la cohesión de la compleja formación aliancista, pero el de Vilalba está en Madrid y aunque su presencia en Galicia sea frecuente, debe dedicar todos sus esfuerzos a la búsqueda de la mayoría que algún día pueda traerle la victoria sobre los socialistas. Imbuido por su convicción presidencialista, incluso muchos de los problemas de gestión del día a día en la Xunta de Galicia le parecen inapropiados a Albor, de modo que el presidente delega en sus conselleiros casi toda capacidad de decisión.

José Luis Barreiro es quien más se beneficia de aquella circunstancia cuando, apenas un año después de la formación del primer Gabinete Albor, Romay Beccaría se marcha a Madrid para ocupar el escaño que logra en las elecciones generales de octubre de 1982. Desde aquel momento, el joven político de Forcarei se hace literalmente con los principales controles de la Xunta de Galicia. La crisis entre Albor y Barreiro se desató muy pronto.

COMIENZA EL MOTÍN No habían transcurrido ni diez meses desde que Albor tomara posesión de la presidencia en San Domingos de Bonaval y Barreiro ya tiene en mente la posibilidad de un motín a bordo de la nave aliancista. Fue en vísperas de la visita del papa Juan Pablo II a Santiago, donde el día 9 de noviembre de 1982 se dirige a Europa para decirle: "Sé tu misma", y recién acabado uno de los consellos de los jueves, Cacharro Pardo acompaña a Barreiro hacia la rúa do Vilar para que éste se someta a las medidas pertinentes del sastre que le confecciona un chaqué con el que ha de asistir a los actos más solemnes del viaje papal.

De regreso a Raxoi, Barreiro le plantea al conselleiro de Educación un primer intento de rebelión contra Xerardo. Cacharro, asombrado, intenta hacerle ver a Barreiro lo improcedente de cualquier intriga en una Xunta que se está todavía haciendo y aquel día no volvieron a hablar de la cuestión, pero en el aire quedó la sensación de una conjura en ciernes.

LA IMAGEN, UNA PRIORIDAD El conselleiro decidió silenciar el contenido de aquella conversación y ocultársela tanto a Fraga como al propio Albor; la gravedad de las intenciones de Barreiro era de tal calibre que bastaría con mencionarla para desestabilizar la frágil estructura política del Gabinete de Albor.

El primer año de Xerardo Fernández Albor al frente de la presidencia de la Xunta de Galicia fue un tiempo caracterizado por la imagen. Después de la experiencia acumulada durante el período en que UCD hacía y deshacía a su antojo, Galicia demandaba un aire nuevo y respirable, las bisoñas instituciones autonómicas necesitaban un lavado en profundidad ante la opinión pública. Y Fernández Albor se propuso hacerlo apoyado en un mensaje próximo y familiar: el sentidiño. Galicia, tal y como se había encargado de decir urbi et orbi durante la campaña que le llevó a la presidencia, sólo necesitaba "un pouco de sentidiño" para salir del atasco en que la había metido la azarosa saga protagonizada por los barones del Centro. Es decir, el país necesitaba ser gobernado "con sentido común", simplemente, sin las zancadillas y los absurdos que la fase preautonómica había puesto en escena con los recursos de un vodevil.

DEL `SENY´AL SENTIDIÑO En el ambiente político español primaba la idea del sentidiño, el seny que Josep Tarradellas había logrado imprimir al proceso autonómico de Catalunya y que Jordi Pujol, su sucesor, mantenía desde hacía más de un año en el Palau de Sant Jaume, en Barcelona.

La propia imagen de Fernández Albor, un cirujano de prestigio, liberal y conectado con los sectores moderados del galleguismo, era el mejor vehículo de comunicación que la Xunta poseía en aquel momento.

LA `REPESCA´ DE LOS ANTIGUOS LÍDERES DEL CENTRO De modo que, 1982, el primer año de Albor como presidente, además de un año dedicado a cuidar la imagen del premier galaico, también fue un tiempo dedicado a remodelarlo todo, incluidos los espacios vitales en que, hasta pocas semanas antes, se habían movido los derrotados dirigentes de UCD instalados en Compostela.

La unidad, la lucha contra los localismos y la división han sido siempre una de sus principales obsesiones. De hecho, en Galicia, tras las primeras elecciones autonómicas (20 de octubre de 1981), uno de sus principales esfuerzos fue atraer hacia las filas populares a los diputados que habían militado en una UCD que estaba en plena bancarrota.

LA GÉNESIS DEL PPE EN ESTRASBURGO Y en buena medida lo consiguió, coincidiendo con el ascenso de la formación que por entonces arropaba a Manuel Fraga y que sentó las bases de lo que sería el Partido Popular. A él le correspondió, además, participar en las conversaciones que desembocaron en la creación del Partido Popular Europeo, que aglutina a las organizaciones democristianas de la UE.

Él, que mucho tiempo atrás había impulsado un pequeño partido de vocación galleguista y confesión democristiana, se sintió como pez en el agua cuando el PP ingresó en las filas de la Internacional Democristiana a mediados de la década de los años noventa. Si algo le molestó siempre fue "la atomización política, cuando los desafíos requieren de la unidad y del apoyo de organizaciones muy fuertes, unidas y bien asentadas".

Tras abandonar la presidencia de la Xunta de Galicia, después de una sonada moción de censura que conmovió al laberinto español en el otoño de 1987, Xerardo Fernández Albor vivió una intensa experiencia como diputado en el Parlamento de la Unión Europea durante dos legislaturas, entre 1989 y 1999. Fue una década llena de horizontes. En su primera legislatura como eurodiputado presidió la histórica Comisión para la reunificación de Alemania, lo cual le llevó a realizar un esfuerzo político y diplomático sin precedentes.

Su acreditación como diputado en la Cámara de Estrasburgo coincidió con la explosión de sentimientos unitarios que a finales de la década de los años ochenta recorrió Europa tras la caída del muro de Berlín. "Fue una experiencia irrepetible", nos decía en el despacho que la Xunta de Galicia le había habilitado en el corazón de Santiago de Compostela.

Su labor en aquella comisión le llevó a contactar y celebrar reuniones con personalidades de ambos lados de aquel Berlín que durante décadas había vivido roto por las candentes secuelas que dejó tras sí la guerra fría que dividió al planeta en dos bandos.

Su carácter, apacible, y su conocimiento del idioma alemán hicieron de él un valioso interlocutor entre los políticos de la República Federal y de la República Democrática, ansiosos, tras el colapso de la Unión Soviética, por recobrar las viejas y fraternales fronteras de una Europa que caminaba hacia la Unión con más ansia y convicción que nunca.

 


UN PROYECTO A ESCALA PLANETARIA En su segunda legislatura eurocomunista, presidió la Comisión de Asuntos Exteriores, es decir, el área de mayor peso específico de cuantas componen la Cámara de Estrasburgo, en la medida en que entre sus trabajos está el diseño de la política europea en el contexto de su posición a escala planetaria.

Eso le llevó a ejercer la vicepresidencia de la Federación para América del Sur, que le permitió visitar muchos de los países que han sido tierra de acogida para los emigrantes gallegos. De modo singular, Argentina, Uruguay y Venezuela, donde las casa de Galicia ya le habían recibido durante su etapa como el presidente que había iniciado la era autonómica de Galicia.

Mientras, con más de 90 años de edad, recorría las calles de Compostela, recordaba aquellos días en que junto al eurodiputado Jaime Valdivielso -vasco, de Llodio- impulsó la creación del Intergrupo del Camino de Santiago, formado por diputados de todo el arco parlamentario europeo.

"Me gustaría saber cómo va eso, porque me da la impresión de que ha perdido impulso", nos decía: "Para nosotros, para los gallegos, es muy importante todo cuanto se refiere al Camino de Santiago y siempre será poco todo cuanto se haga en ese sentido, porque los gallegos somos los pioneros de la UE". A cuantos querían oírle le sugería que deberían hacer un esfuerzo para conseguir que el Consejo de Europa se reuniese algún día en la capital de Galicia "Santiago y Aquisgran", decía, "son las dos únicas ciudades que podrían ser capitales de la Unión".

 


ARTERIA ESPIRITUAL DEL CONTINENTE El hecho de que en Aquisgrán tenga lugar la entrega de los premios Carlomagno, la más alta dignidad que un ciudadano de la Unión pueda recibir, le sugería la idea de que Compostela debía esforzarse mucho más "para que en Estrasburgo, en Bruselas se reconozcan sus virtualidades como destino del Camino de Santiago que, durante siglos, ha sido la artería espritiual y cultural del viejo continente".

"Los alemanes lo saben muy bien", añadía, "y tienen un enorme aprecio hacia Galicia por este motivo, al igual que los franceses. Y en Bélgica, por ejemplo, la realización del Camino de Santiago es utilizado por los tribunales de Justicia como un elemento de gran importancia para la redención de penas". Y agregaba: "Aún no se valora en su justa medida el papel que Compostela debería ejercer en el seno de la UE".