El Correo Gallego

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ANA PASTOR

La larga vida de un demócrata ejemplar

13.07.2018 
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DECÍA Simone de Beauvoir que "la longevidad es la recompensa de la virtud", y difícilmente podría encontrarse un ejemplo más adecuado a esa afirmación que la existencia centenaria y fructífera de Gerardo Fernández Albor.

Son numerosísimas las razones que justifican mi enorme afecto y admiración por el presidente fallecido. Como médico era inevitable, para mí, rendirme a los méritos de un profesional ejemplar de la cirugía general y digestiva, que encarnaba la excelencia de la Escuela Médica Compostelana -A fonte limpia. Su legado en el ámbito sanitario se refleja hoy en muchas instituciones científicas, impulsadas por el Doctor Albor -como todos le llamaban- para promover el desarrollo de la medicina: así, entre otras, la Sociedad Médico-Quirúrgica de Santiago de Compostela, y muy especialmente el Policlínico La Rosaleda, que ha celebrado ya sus bodas de oro, y que se erigió como un centro de referencia y de vanguardia para la medicina en Galicia. Queda también en la memoria el trabajo del presidente gallego como jefe de servicio de Cirugía General en el Concepción Arenal de Santiago de Compostela, y todos sus esfuerzos dirigidos a la promoción institucional de la medicina.

Junto a ello, la página que Fernández Albor escribió en la historia política de España y de Galicia representa admirablemente la "elegancia del compromiso", según la feliz expresión que Enrique Beotas eligió como título de su biografía. Y fue gracias a ese generoso sentido de la responsabilidad como el médico de prestigio, ampliamente reconocido en el ejercicio de su profesión, asumió de la mano de Manuel Fraga la vocación política que había sentido desde sus años universitarios, cuando se había acendrado el amor por su país en las lecturas de su admirado Unamuno.

Tras obtener el respaldo de los votantes gallegos, en enero de 1982 Fernández Albor fue investido presidente de la Xunta de Galicia: una responsabilidad que ostentó hasta septiembre de 1987, y a través de la cual contribuyó de manera decisiva a forjar las nuevas instituciones de esta Comunidad. Animado por el mismo espíritu de concordia, de patriotismo y de progreso que caracterizó a los artífices de la Transición, el presidente Fernández Albor se entregó con toda la energía de su convicción democrática a la tarea de conducir a Galicia por el camino de las libertades autonómicas, en el marco de la España constitucional, plural y reconciliada que los españoles habíamos conseguido darnos.

Con él en la primera fila de la acción política, se inauguró una nueva era en la que fuimos convocados a participar todos los gallegos: algunos tan de cerca como el presidente Rajoy -vicepresidente, en 1986, de aquella Xunta que daba sus primeros pasos-; y otros que, aunque lejos, podían sentirse más que nunca hijos de esta tierra, como hizo ver el presidente Fernández Albor al programar su primer viaje oficial a Buenos Aires (lugar de nacimiento de su madre) para encontrarse con la Galicia peregrina.

Por supuesto, no cabría completar el reconocimiento al insigne demócrata sin aludir al histórico trabajo del presidente Albor en el Parlamento Europeo, donde encontró el escenario natural para la defensa de esa identidad gallega representada en el Camino de Santiago (a propósito del cual impulsó la creación del Intergrupo): una identidad abierta y moderna a la vez que enraizada en el corazón de Occidente. Su europeísmo militante brilló de manera especial en los trabajos para la reunificación de Alemania, que le valieron entrar a formar parte de la Galería de Ilustres del Bundestag.

Con su visión de la política, profundamente humanista, Fernández Albor nos dio a todos un extraordinario ejemplo de los valores llamados a presidir el progreso de la España democrática y autonómica: la solidaridad, el respeto, la convivencia, la prevalencia del bien común frente a los intereses partidistas o ideológicos. Su discurso de investidura como presidente de la Xunta resume diáfanamente todos esos principios:

"Acepto este compromiso", dijo entonces, "recoñecendo en España unha soa nación, de realidade plural, formada por mulleres e homes que atopan na experiencia do seu pasado valioso, o alicerce pra constituír unha sociedade máis próspera e humana".

Perdemos ahora una figura fundamental de nuestra historia reciente; y quienes tuvimos la suerte de estar cerca de él recordamos además al amigo entrañable, cuya profunda humanidad y extraordinaria cultura hacían de su compañía un verdadero privilegio. Algunos perdemos también al maestro, eterno conversador, que supo transmitir como ninguno el amor y la entrega por el servicio a los demás. En este momento difícil, cuando el 40 aniversario de la Constitución nos invita a meditar sobre el valor de nuestras conquistas democráticas, el recuerdo del presidente Albor debe inspirar la Política con mayúsculas que España necesita para la construcción de su futuro.

Presidenta del Congreso de los Diputados