El Correo Gallego

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IN MEMORIAM

FERNANDO PONTE

El Gerardo Fernández Albor que yo conocí

13.07.2018 
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TUVE LA SUERTE DE CONOCER a Gerardo, ya pasados los 90 años, cuando, en compañía de su inseparable Manolo Mosquera, amigo común de emocionado recuerdo, y Fernanda, mi esposa, cogimos la costumbre de tomar un café dominical en el Derby, tras la misa de 12 de las Mercedarias.

Desprovisto ya de potestas, era evidente su auctoritas. Le preocupaban hondamente todos los problemas de Galicia, España y Europa, como al gran gallego, español y europeísta que siempre fue, y le llovían las consultas de la más variadas gentes, procedencias y temáticas.

Las charlas del Derby son inolvidables. Allí contaba cosas de todo tipo, las más, cuestiones personales y jugosos recuerdos.

Refería con gracia, cómo fue quizás el único que salvó dos veces la vida a bordo del malogrado Crucero Baleares, durante la guerra civil, que recordaba, como no podía ser menos, como una gran desgracia nacional.

En una ocasión, contaba, mientras se acercaba al barco una escuadrilla que creyeron que era propia, bajaron a desayunar, recibiendo un nutrido fuego aéreo, acto seguido. Al llegar de nuevo a su puesto, se encontró una gran bomba no explosionada justo en el asiento que ocupaba momentos antes. Poco después, a primeros de 1938, como se aburría en el Baleares, palabras textuales, se apuntó a las plazas que ofrecían para formarse como piloto en Alemania, de cara a consolidar la aviación militar para una postguerra que ya hacía entrever la II Guerra Mundial. Decía, con gracia, que en aviación, si hay que morir, se muere, pero "limpito" nada de barro, trincheras o naufragios. Semanas después, en marzo de 1938, el Baleares era hundido como se sabe.

En ocasión del aniversario del tratado fundacional de la Unión Europea, le pedimos Manolo Vilameá, entonces director de la Rda. Universitaria Teniente General Barroso, y yo, que nos diera una conferencia al respecto. Acudió con dos escuetas cuartillas, que no consultó en ningún momento, y nos tuvo, a salón abarrotado, una hora, asombrados de su prodigiosa memoria y profundo y entusiástico conocimiento del tema. Creía, firmemente, con Ortega y Gasset que España es el problema y Europa la solución.

Ya con veintitantos años, teniente piloto de aviación, a falta de dos o tres cursos para ser médico, tenía pocas ganas de retomar los estudios, lo que hizo, ante las reiteradas visitas de su hermano Agustín, luego catedrático de Derecho, que le refería lo mucho que sufría su madre, dada la alta accidentabilidad de los aviones de la época. Al cumplir con más de 60 años el pase a la edad de retiro, recibió una escueta nota del Ministerio de Defensa, informándole que pasaba a esta situación--sin ascender a capitán honorario--lo que a él, colmado de altos honores en sus últimos años, era una espinita que le quedaba de sus antiguos compañeros, que, francamente, poco hubiera costado complacer.

Ante la muerte tenía una actitud clara, decía: Si muere un joven es un naufragio, si muere un anciano, es un barco que ha llegado a puerto. Pues nuestro amigo Gerardo, antiguo marino, ha llegado a buen puerto como el gran hombre de bien y de paz, conciliador y respetado por todo el mundo que siempre fue. Descanse en paz, en compañía de su fiel e incondicional Manolo Mosquera.